
Esto es como cuando el lápiz aún afilado
se deja seducir por el folio viejo.
Por el color prieto,
por la sonrisa floja,
y el sentir del niño.
La ternura de oído
el dedo que no señala,
la sonrisa que no es doble,
la palabra que no retumba, sólo permanece.
Casi quieta
pero no aterrada.
Léeme si me dejas
léeme si te dejo,
Ven, siempre que puedas
Y arráncame la humanidad,
Y la lacra.
Ven y préstame tu aliento
comparte mis huesos.
Recubre mis ojos
de la cera de tu candil
Se mi Dios
se mi suerte
se mi sueño.
Se mi ser
se mi espíritu
Se mis alas.
Reten mi alma comparte el duelo y luego...
Luego llévame en el lomo del aire
en la cubierta de tu hogar.
¡Mírame como caigo!
¡Mírame como lamo la costra de mis deudas!
Y luego como abrazo la tierra fértil de tu luz.
Te hago venir
y te echo.
Soy el tropiezo de la tercera piedra
la mujer que no se deja.
Y la mujer que se deja todo en un retazo
en un despiste
en un orgullo.
Voltea mi puerta
resuena en las huellas,
quebranta el tuétano,
el flujo del cuerpo,
la mirada del hueso,
la sangre del lento.
Voltea mi puerta
Búscame y yo hallare
Tu sueño.
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